🩸 La Nube Tóxica
En un pequeño pueblo industrial, rodeado de fábricas oxidadas y chimeneas que nunca descansaban, una madrugada se levantó una bruma estraña. No era la niebla habitual que se deslizaba desde el río, sino una masa densa, oscura, con reflejos verdosos que parecían moverse como si respirara.
Los vecinos, al principio, pensaron que se trataba de un escape químico pasajero. Cerraron ventanas, bajaron persianas y se refugiaron en sus casas. Pero la nube no se disipaba. Al contrario, se expandía lentamente, arrastrándose por las calles como un animal hambriento.
Pronto comenzaron los síntomas: un ardor en la garganta, mareos, visiones de sombras que se agitaban dentro de la bruma. Algunos juraban escuchar voces susurrando su nombre, promesas de poder y eternidad, a cambio de dejarse envolver por la nube.
Una familia intentó huir en coche, pero al atravesar la carretera principal, la nube se cerró sobre ellos. Los faros iluminaron figuras deformes que parecían surgir del gas, rostros humanos descompuestos, ojos brillantes que se pegaban al cristal. Nadie volvió a verlos.
El alcalde organizó una reunión de emergencia en la iglesia, el único lugar donde la nube parecía detenerse en el umbral. Allí, los supervivientes discutían entre rezos y gritos. Algunos aseguraban que la nube era un castigo divino; otros, que era el resultado de experimentos secretos en las fábricas abandonadas.
Intentó correr, pero sus piernas no respondieron. El lobo rojo se acercó lentamente, y cada paso hacía que el bosque se oscureciera más. El otro lobo, agonizante, levantó la cabeza y aulló con un sonido que parecía un ruego. Tomás sintió que debía elegir.
Esa noche, un joven curioso decidió atravesar la bruma con una máscara improvisada. Llevaba una linterna y una cámara. Nunca regresó, pero días después, en la plaza del pueblo, apareció su cámara rota. En la última grabación se veía como la nube se abría, revelando un espacio interior imposible: un bosque de columnas viscosas, criaturas reptando en silencio, y al fondo, una figura gigantesca formada por humo y huesos, que giraba lentamente hacia él.
La nube siguió creciendo, devorando casas, calles y finalmente el campanario de la iglesia. Los que quedaban vivos comprendieron que no era gas ni niebla: era un ser, una entidad que había despertado bajo la tierra y ahora reclamaba el aire, la carne y las almas.
El pueblo desapareció del mapa. Solo quedó un claro vacío, donde los pájaros no vuelan y el viento nunca entra. Los viajeros que pasan cerca dicen que, en ciertas noches, una bruma verdosa se levanta y se escucha un murmullo lejano: la respiración de la nube tóxica, esperando su próxima presa.