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La Secta Infernal

🩸 La Secta Infernal

En la región de San Bartolo, nadie hablaba en voz alta de la vieja ermita abandonada. Sus muros ennegrecidos parecían respirar, y los símbolos tallados en la piedra se asemejaban más a cicatrices que a inscripciones. Los ancianos decían que allí se reunía una secta que había jurado servir a fuerzas que no pertenecían a este mundo.

Isabel, estudiante de historia, decidió investigar. Una noche de invierno, provista de una linterna y un cuaderno, cruzó el umbral de la ermita. El aire estaba impregnado de un olor podrido, como el de los animales muertos. En el altar, encontró un círculo de cenizas y huesos, y en el centro, un libro abierto con páginas que parecían palpitar.

De improviso, escuchó pasos. No estaba sola. Desde las sombras, figuras encapuchadas emergieron, sus rostros ocultos bajo máscaras de hierro. Uno de ellos habló con voz cavernosa: -Has venido a tiempo. La ceremonia necesita un testigo.

Isabel retrocedió, pero el círculo de cenizas se encendió con llamas negras. Los encapuchados comenzaron a recitar palabras incomprensibles, y el libro se elevó en el aire, goteando un líquido oscuro. Las paredes de la ermita se abrieron como carne desgarrada, revelando un abismo ardiente.

En ese instante, Isabel comprendió que la secta no adoraba a un dios, sino a algo mucho más antiguo. Una criatura abominable emergió del abismo, y cada mirada suya era un cuchillo que cortaba la cordura. Los encapuchados se arrodillaron, ofreciendo sus propias lenguas como sacrificio.

Isabel intentó huir, pero la puerta se había sellado. El líder de la secta se acercó y le entregó el libro, susurrando:

-Ahora eres parte de nuestra comunidad. La secta no se elige, te reclama

Cuando Isabel abrió los ojos al amanecer, estaba sola en la ermita. El libro reposaba en sus manos, y en su piel habían aparecido símbolos ardientes. Desde entonces, cada noche escuchaba cánticos en su cabeza, y ahora comprende que la Secta Infernal no la dejará escapar nunca.

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