🩸 Fantasma. El Pasaje del Terror
El viejo teatro de la ciudad había sido abandonado hacía décadas, pero cada otoño se reabría para un espectáculo macabro: El Pasaje del Terror. Los organizadores prometían sustos, actores disfrazados y efectos especiales, pero los rumores hablaban de algo más... de un fantasma que no necesitaba maquillaje.
Un grupo de jóvenes decidió entrar aquella noche. Entre risas nerviosas avanzaron por los pasillos oscuros, iluminados apenas por luces rojas intermitentes. El aire olía a humedad y polvo, como si el teatro condensará el aire.
En la sala principal, un actor disfrazado de verdugo les dio la bienvenida. Pero detrás de él, en el espejo roto del escenario, se reflejaba una figura que no estaba allí: una mujer vestida de blanco, con los ojos vacíos y la boca abierta en un grito silencioso.
Uno de los chichos señaló el espejo, pero cuando todos miraron, la mujer ya no estaba. El verdugo sonrió con una mueca extraña y les indicó que siguieran adelante.
La revelación
El pasaje se convirtió en un laberinto de cortinas negras y puertas falsas. Cada vez que abrían una, aparecía la misma mujer, más cerca, más definida. Sus manos huesudas intentaban atravesar la tela, dejando marcas heladas en la piel de quienes se atrevían a tocarla.
Los jóvenes comenzaron a correr, pero el pasaje parecía interminable. Las risas iniciales se transformaron en gritos. Uno tras otro, fueron desapareciendo entre las cortinas, como si alguien los arrastrara hacia la oscuridad.
El tormento
Cada paso que daba dentro de la mansión la llevaba a habitaciones distintas, todas idénticas: paredes rojas, puertas cerradas, y un murmullo constante que repetía su nombre. La malevolencia se alimentaba de su desesperación, multiplicando los pasillos, borrando cualquier salida.
Al amanecer, los organizadores encontraron el teatro vacío. Solo quedaba un espejo en el escenario, limpio y reluciente. En él se veía a los jóvenes atrapados, gopeando el cristal desde dentro, mientras la mujer de blanco los observaba con calma.
-Desde entonces, cada visitante que entra al Pasaje del Terror jura escuchar golpes lejanos y un murmullo que repite una palabra:
La cinta registró su voz, pero también otra, más profunda, que respondió:
-Fantasma.
Transcurridos cinco años, en la ciudad costera de San Telmo, los turistas acudían cada verano a una atracción muy conocida: El Pasaje del Terror, un recorrido de túneles y escenarios oscuros dentro de un antiguo baluarte militar. Se anunciaba como un espectáculo de miedo con actores y efectos especiales, pero nadie sabía que la verdadera función era mucho más siniestra.
La promesa
Un grupo de chicos entró una noche, atraídos por la fama del lugar. El guía, vestido con capa negra, les sonrió con una mueca estraña y les dijo:
-Aquí el miedo no es ficción. Aquí el miedo se convierte en destino.
El descenso
Los pasillos se estrechaban, las luces parpadeaban, y las figuras que aparecían ya no parecían actores. Eran sombras con ojos relucientes, que susurraban nombres y extendían manos huesudas. Cada puerta que abrían los conducía más abajo, hacia un sótano que no figuraba en el mapa turístico.
La revelación
Allí encontraron un altar de piedra, rodeado de cadenas oxidadas. El fantasma de la mujer de blanco, guardiana del pasaje, emergió del muro y les habló con voz hueca:
-Quien entre aquí no regresa. Vuestros cuerpos son míos, vuestras almas serán esclavas de mi mundo infernal.
Las cadenas se alzaron solas, atrapando a los chicos. Sus gritos se apagaron cuando fueron arrastrados hacia un portal ardiente que se abrió en el suelo.
El destino
Desde entonces, los visitantes que recorren el Pasaje del Terror aseguran escuchar golpes metálicos y voces juveniles que suplican ayuda. Nadie los ve, pero todos sienten que alguien los observa desde las paredes.
El guía sigue recibiendo turistas cada verano, con la misma sonrisa torcida. Y cada vez que un grupo entra, el fantasma se alimenta, conviertiendo a los desprevenidos en esclavos eternos de un mundo infernal.