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El sepulturero

🩸 El Sepulturero

En el viejo cementerio de San Lázaro, nadie quería trabajar de noche. Decían que las tumbas se movían, que los nombres en las lápidas cambiaban, y que un hombre on pala recorría los pasillos aunque hacía décadas que no había sepulturero oficial.

Pedro, un joven estudiante de historia, decidió investigar las leyendas. Una noche de noviembre, con linterna y cuaderno, entró en el cementerio. El aire estaba helado y el silencio era tan profundo que podía escuchar el latido de su propio corazón.

Al avanzar entre las tumbas, vio una figura encorvada, vestida con un abrigo raído y un sombrero de ala ancha. En sus manos sostenía una pala oxidada. El hombre levantó la cabeza y sus ojos brillaron como carbones encendidos.

El ritual

El sepulturero comenzó a cavar en una tumba reciente. Cada golpe de la pala contra la tierra resonaba como un trueno. Pedro se acercó, temblando y preguntó:

-¿Qué hace usted aquí?

-El hombre respondió con voz hueca:

-No entierro a los muertos... los desentierro para que nunca descansen.

Pedro retrocedió, horrorizado, al ver que del agujero emergía una mano descarnada, seguida de un cuerpo que aún llevaba el sudario. El cadáver abrió los ojos y lo miró directamente.

La Condena

El sepulturero señaló a Pedro con la pala.

-Cada visitante debe pagar con su lugar. Tú ocuparás la próxima tumba.

El suelo bajo los pies de Pedro se abrió como si respirara. Intento correr, pero la tierra lo atrapó hasta las rodillas. El sepulturero se acercó lentamente, arrastrando la pala, y susurró:

-Bienvenido al turno eterno.

El final

Al día siguiente, los guardas encontraron el cuaderno de Pedro sobre una lápida vacía. En la última página había escrito con letra temblorosa e irregular:

"El sepulturero no descansa. Ahora soy yo quien cava."

Desde entonces, los visitantes aseguran escuchar golpes de pala en la noche, aunque el cementerio esté vacío.

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