🩸 El Cuadro del Conde
En el salón principal del viejo palacio de los Montenegro colgaba un cuadro prohibido. Nadie en la aldea se atrevía a mirarlo demasiado tiempo. Decían que el retrato del conde, pintado hace más de tres siglos, estaba vivo.
Lucía, estudiante de arte, llegó al palacio para catalogar las obras. La anciana cuidadora le advirtió:
-Ese cuadro no se toca. El conde no descansa.
Pero la curiosidad pudo más. Lucía se acercó. El lienzo mostraba al conde de Montenegro, con mirada severa y capa negra. Lo extraño era que los ojos parecían seguirla, como en esos cuadros del renacimiento de perspectiva tridimensional, y la pintura desprendía un olor rancio, como sangre seca.
La primera noche
Esa noche, Lucía soñó sudorosa con el salón. El cuadro estaba completamente vacío. La figura del conde caminaba por la estancia, arrastrando su capa silenciosa. Al despertar, encontró huellas de barro en el suelo de su habitación, somo si alguien hubiera estado allí.
El secreto del retrato
Investigando, descubrió que el artista que había pintado el cuadro, mezcló pigmentos con cenizas humanas. El cuadro era un sello, una prisión. El conde, maldito por pactos oscuros, había sido encerrado en la pintura. Pero cada vez que alguien lo contemplaba demasiado, la prisión se debilitaba.
La última noche, Lucía volvió al salón. El cuadro estaba distinto: el conde sonreía. De repente, la tela se rasgó desde dentro. Una mano huesuda emergió, seguida del rostro pálido y los ojos ardientes del conde.
Lucía intentó huir, pero el salón se cerró como una tumba. El conde salió del lienzo y la atrapó. Al amanecer, los aldeanos encontraron el cuadro restaurado... con una nueva figura en él: Lucía, atrapada, con el rostro desencajado e histérico, junto al conde.