🩸 El Guía del Inframundo
En las montañas del norte, donde la niebla nunca se disipa y los caminos parecen perderse en sí mismos, existía un sendero que los lugareños evitaban. Decían que aquel camino no llevaba a ningún lugar terrenal, sino a un reino oculto bajo la tierra. Los ancianos lo llamaban "la Ruta del Guía", porque quien se atrevía a recorrerla encontraba a un ser que ofrecía acompañamiento hacia el inframundo.
I. El viajero perdido
Silvino, un joven montañero, llegó al pueblo buscando historias para su libro. Escuchó las advertencias, pero la curiosidad pudo más. Una noche de luna menguante, encendió la linterna del móvil y se internó en el sendero prohibido. El silencio era absoluto, roto solo por el crujir de sus botas sobre la grava húmeda.
A medida que avanzaba, la niebla se hacía más espesa, y el aire se volvía húmedo. Entonces lo vio: una figura encapuchada, alta, con un farol de luz mortecina en la mano. No caminaba, parecía deslizarse sobre el suelo.
-"¿Buscas el camino?" -preguntó la figura con voz grave, que resonaba como un eco en una caverna.
Silvino, temblando, respondió que sí. El ser asintió y levantó el farol. La luz reveló un arco de piedra cubierta de raíces.
II. El Descenso
-Al cruzar el arco, Silvino sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se encontró en un túnel interminable, con paredes humedas y simbolos grabados que parecían moverse. El Guía avanzaba sin mirar atrás, y Silvino lo seguía, incapaz de detenerse.
Cada paso lo alejaba de la realidad: escuchaba voces que susurraban su nombre, veía sombras que imitaban sus movimientos, y el aire olía a hierro oxidado y ceniza.
-"Aquí no hay retorno" ,dijo el Guía. "Solo quienes aceptan la oscuridad pueden continuar."
III. Las almas errantes
El túnel desembocó en una vasta caverna iluminada por un río de fuego líquido. A orillas del rio, miles de figuras humanas se arrastraban, con ojos vacíos y bocas abiertas en un grito silencioso. Eran almas atrapadas, condenadas a vagar sin descanso.
Silvino intentó retroceder, pero el arco había desaparecido. El Guía lo miró fijamente:
-"Cada viajero debe elegir: unirse a las almas o convertirse en guardián."
El joven sintió un frío recorrer su cuerpo. El farol del Guía brilló más fuerte, y en su luz Mateo vio su propio reflejo: su rostro estaba pálido, sus ojos hundidos, y detrás de él se alzaba una sombra idéntica a las del Guía.
IV. La revelación
Comprendió entonces la verdad: el Guía no era un ser ajeno, sino el destino de todo viajero que se adentraba en la Ruta. Cada uno que llegaba debía ocupar su lugar, portar el farol y conducir a otros, hacia el Inframundo.
Silvino gritó, pero su voz se apagó en la caverna. El farol paso a su mano, y la figura encapuchada se desvaneció. Ahora él era el Guía.
V. El nuevo guardián
Desde aquella noche, los lugareños dicen que la niebla es más espesa y que el sendero parece llamar a los curiosos. Quien se atreve a entrar encuentra a un joven con un farol, que ofrece acompañamiento con una sonrisa helada.
Y así, el ciclo continúa: el Inframundo siempre necesita un nuvo guía