🩸 Dominantes
La primera señal fue el silencio
En el pueblo costero de San Eladio, los insectos: desaparecieron. No había grillos, ni moscas, ni siquiera mosquitos. Solo el zumbido lejano del mar y el crujir de la madera en las casas viejas. Los ancianos lo llamaron "el descanso de la tierra". Los jóvenes lo celebraron como un milagro. Pero nadie pensó en las langostas.
Una semana después, llegaron.
No eran verdes ni frágiles. Eran negras, del tamaño de una mano, con ojos rojos y mandíbulas dentadas. No volaban. Saltaban. Y cuando caían sobre algo vivo, lo devoraban en segundos.
El primer ataque fue en el campo de maíz. Ramón, el capataz, fue encontrado sin rostro, rodeado de tallos mordidos y tierra removida. Luego vinieron por los animles, Luego por las casas.
Los científicos llegaron tarde. Dijeron que era una mutación provocada por un experimento genético en el norte, una especie diseñada para controlar plagas. Pero algo salió mal. Las langostas desarrollaron inteligencia colectiva. Coordinación. Estrategia.
Los supervivientes se refugiaron en la iglesia. Beatriz, una bióloga, descubrió que las langostas se comunicaban por vibración. Usaban los muros, los suelos, incluso los huesos. No cazaban por hambre. Cazaban por dominio.
-"No son insectos. Son una especie nueva. Y nosotros somos su alimento."
Beatriz corrió hacia el campanario. Desde allí vio el pueblo cubierto por una marea negra. Las casas ya no existían. Solo túneles, nidos, y cuerpos.
Antes de que la última campana sonara, entendió el mensaje que las criaturas habían tallado en la piedra:
"Somos los nuevos dominantes."