🩸 Apocalipsis
No hubo trompetas celestiales, ni jinetes cabalgando sobre las nubes, ni un estruendo que partierra la tierra en dos. El fin del mundo comenzó con un silencio absoluto.
Eran las 3:14 de la tarde de un martes cualquiera. Samuel estaba en su oficina, quejándose mentalmente del zumbido del aire acondicionado, cuando, de repente, el sonido murió. No fue un apagón; las luces seguían encendidas y su computadora parpadeaba con el cursos esperando órdenes. Simplemente, el aire dejó de vibrar. El tráfico de la avenida desapareció. El murmullo de sus colegas se extinguió como una vela soplada por un gigante.
Samuél se levantó, sintiendo que el latido de su propio corazón era ahora un tambor ensordecedor en una habitación vacía. Miró por la ventana del piso doce. Los coches estaban detenidos en mitad de la calle, pero no había conductores saliendo a protestar. No había nadie.
El Gran Vacío
Bajó las escaleras corriendo, temiendo usar el ascensor. Al llegar a la calle, el horror se materializó en una imagen que su cerebre se negaba a procesar: la ropa.
Montones de ropa yacían en las aceras, en los asientos de los coches y tras los mostradores de las tiendas. Trajes de oficina, uniformes colegiales, vestidos de seda; todos conservando la forma del cuerpo que los habitaba apenas un segundo antes, pero vacíos. No había rastros de sangre, ni cenizas, ni lucha. La humanidad se había evaporado, dejando atrás sus cáscaras de algodón y poliéster.
Samuel caminó durante horas por una ciudad que se sentía como un set de filmación abandonado. El sol comenzó a ponerse, tiñendo los edificios de un rojo sangriento. Fue entonces cuando comprendió que el silencio no era total. Había algo más.
Un crujido. Un sonido seco, como el de una rama rompiéndose, pero multiplicado por mil.
Los Arquitectos del Horror
Al principio, Samuel pensó que eran sombras alargadas por el atardecer. Pero las sombras tenían volumen. Desde las alcantarillas y los portales oscuros, empezaron a emerger criaturas que desafiaban cualquier ley biológica. Eran altas, de extremidades excesivamente largas y delgadas, cubiertas por una piel que parecía vidrio negro ahumado.
No tenían rostros, solo una hendidura vertical en lo que debería ser el pecho. Se movían con una elegancia mecánica, dirigiéndose hacia los montones de ropa.
Samuel se ocultó tras un quiosco de revistas, conteniendo la respiración. Vio a una de esas cosas acercarse a un vestido de flores que yacía en el suelo. La criatura extendió sus dedos infinitos y tocó la tela. En ese instante, la hendidura de su pecho se abrió, revelando un interior lleno de dientes translúcidos y una luza azulada enfermiza.
La criatura no estaba buscando comida. Estaba recolectando.
Emitieron un pulso sónico que Samuel sintió en sus dientes. De la ropa, empezaron a elevarse hilos de luz dorada, casi imperceptibles: la esencia, el recuerdo, o quizás el alma de lo que una vez fue una mujer. La criatura absorbió el hilo y, por un segundo, su cuerpo de vidrio brilló con el color de la vida humana.
La Última Cosecha
El horror alcanzó su punto máximo cuando Samuel se dio cuenta de por qué el seguía allí. No era un superviviente, era un error de cálculo.
Las criaturas se detuvieron al unísono. Todas giraron sus cabezas lisas hacia el quiosco. El silencio fue reemplazado por un susurro colectivo que vibraba perfectamente dentro de su cráneo:
"Falta una pieza. El tapiz está incompleto"
Desde allí, vio cómo las puertas del teatro se abrían sin ruido. Las sombras alargadas entraron, deslizándose por las alfombras rojas. No tenían prisa. ¿Para qué tenerla si eran los dueños del tiempo restante?
Una de ellas se detuvo frente a la pantalla. Samuel pudo ver su reflejo en la piel de vidrio del monstruo. No vio a un hombre asustando. Vio a una figura que empezaba a volverse transparente.
El Olvido
El Apocalipsis no era la destrucción de la materia, sino el borrado de la memoria. Samuel sintió que el nombre de su madre se le escapaba de la mente. Luego, el recuerdo de su primer beso. El sabor del café. El concepto del color verde.
Las criaturas no eran demonios ni extraterrestres; eran los Limpiadores. El universo era un lienzo que necesitaba ser reutilizado, y la humanidad solo había sido un boceto sucio que debía ser borrado antes de que el verdadero artista comenzara de nuevo.
Antes de que sus ojos se desvanecieran. Samuel miró hacia arriba. El cielo ya no tenía estrellas. Solo una oscuridad pura y lisa, esperando la primera pincelada de algo que ya no incluiría el miedo, el amor o el dolor de los hombres.
El silencio, finalmente, fue perfecto.