🩸 Desgarro en la Noche
La luna apenas se filtraba entre las nubes pesadas, como si el cielo quisiera ocultar lo que estaba por suceder. En la aldea dormida, las casas de piedra parecían contener la respiración. Solo un viento helado recorría las calles, arrastrando un murmullo que no pertenecía a los vivos.
Martín, el último en cerrar su puerta, escuchó un crujido extraño en el bosque cercano. No era rama ni animal: era un sonido húmedo, como carne desgarrándose. Se detuvo, con el candil temblando en su mano, y el silencio se quebró como un grito ahogado que parecía venir de todas partes a la vez.
El aire se volvió pesado. Las sombras se alargaron, y en ellas se dibujó una figura imposible: un cuerpo humano abierto en dos, que caminaba como si la herida fuera su motor. Sus ojos no miraban, pero lo sentían. Cada paso dejaba un rastro de sangre que no se secaba, sino que se extendía como raíces por el suelo.
Martín retrocedió, pero la criatura ya estaba dentro de su casa. Las paredes se estremecieron, y el techo se abrió como un papel rasgado. El "desgarro" no era solo físico: era la noche misma partiéndose, dejando entrar algo que nunca debió existir. Los relojes se detuvieron, los perros callaron, y el tiempo se quebró en un instante eterno.
Cuando los vecinos despertaron al amanecer, encontraron la aldea intacta, salvo por una sola ausencia: Martín. En su lugar, en el centro de la plaza, había un surco profundo en la piedra, como si la noche hubiera sido arrancada de raíz. Nadie volvió a hablar de ello, pero cada vez que el viento sopla fuerte, el eco del desgarro regresa, recordando que la oscuridad aún tiene hambre.