STEPHEN KING




 

 STEPHEN KING (EL MAESTRO DEL TERROR)


PESADILLAS Y ALUCINACIONES

Introducción

De niño creía todo lo que me decían, todo lo que leía, y cualquier idea surgida de mi desbocada imaginación. Como consecuencia, pasé un buen número de noches sin dormir, pero en compensación llené el mundo en que vivía de colores y texturas que no habría cambiado por una eternidad de noches apacibles. Incluso entonces sabía que en el mundo había personas, cuyo sentido de la imaginación estaba entumecido o desprovisto de interés, y que vivían en un estado mental parecido al daltonismo. Siempre he sentido lástima por ellas; ni siquiera imaginaba (al menos entonces) que muchas de aquellas personas sin imaginación me compadecían o me despreciaban, no sólo porque era presa de un sinfín de temores irracionales, sino también porque era profunda e incondicionalmente crédulo en casi todos los ámbitos.

También me creía todo lo que me decían en el patio del colegio. Me creía tanto las historias más simples como las más inverosímiles. Un niño me dijo con tal aplomo que si ponías una moneda de diez centavos encima de un rail,el tren que pasara por ahí descarrilaría. Otro niño me comento que si dejabas una moneda de diez centavos encima de un rail, ésta quedaría literalmente aplastada (lo dijo exactamente con estas palabras, literalmente aplastada) por el tren que pasara por encima, y que después de que pasara el tren encontrarías una moneda flexible y prácticamente transparente del tamaño de un dólar de plata. Yo creía que ambas cosas eran ciertas: las monedas de diez centavos eran literalmente aplastadas antes de hacer descarrilar los trenes que las habían aplastado.

Las ideas para cada una de las historias de este libro aparecieron en un momento de creencia y lo escribí en un arranque de fe, optimismo y felicidad. Estos sentimientos positivos tienen sin embargo sus funestas contrapartidas, y el temor al fracaso es con mucho la peor de ellas. El peor, al menos para mí, es la duda que me corroe de que puedo haber dicho todo lo que tenía que decir, y que ahora sólo estoy escuchando el continuo graznido de mi propia voz porque, cuando ésta se detiene, el silencio que reina es demasiado tétrico.

Entretanto, aquí tiene estas veinte y pico historias raras (y algunas, tengo que avisarle, son muy raras). Cada una contiene algo en que creí durante un tiempo, y sé que algunas de estas cosas, el dedo saliendo del desagüe del lavabo, el sapo devorador de hombres, las bocas hambrientas, son algo aterradoras, pero creo que no nos pasará nada si recorremos el camino juntos. Ante todo, repita conmigo el catecismo:

Creo que una moneda de diez centavos puede hacer descarrilar un tren.

Creo que hay caimanes en el sistema de alcantarillado de Nueva York, sin olvidar ratas del tamaño de ponéis.

Creo que se puede arrancar la sombra de alguien con una estaca de acero.

Creo que realmente existe Papá Noel, y que todos estos tipos vestidos de rojo en Navidad son sus ayudantes.  

Creo que hay un mundo invisible a nuestro alrededor.

Creo que las pelotas de tenis están llenas de gas venenoso, y que si las partes por la mitad y respiras el gas que desprenden, te puedes morir.

Sobre todo, creo en los fantasmas, creo en los fantasmas, creo en los fantasmas.

¿De acuerdo? ¿Listo? Bien. Tómeme de la mano. Ya nos vamos. Conozco el camino. Lo único que tiene que hacer es agarrarla bien fuerte… y creer. 

 

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