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Todo comenzó un día de invierno, en una cueva de una región apartada de la civilización. En ella, vivían de forma natural bandadas de murciélagos, ajenos a las catástrofes de la contaminación mundial. 

Volaban así ajenos a todo, y con el movimiento de su alas, desarrollaban de forma habitual, su importante labor de dispersión de las semillas de la naturaleza. Como todas las noches, cazaban a sus presas, por ecolocalización. En su mayor parte su supervivencia, dependía cada noche, de la suerte de atrapar a pequeñas ranas, roedores, aves pequeñas, y cuando se trataba de la raza de los vampiros, se alimentaban de la sangre de todos ellos. Todos ellos han sido desde la Antigüedad, los señalados por la humanidad, como seres oscuros y malignos, a los que rodea una capa de misterio ancestral, son considerados, por casi todos, los habitantes siniestros de la noche. 

Sin embargo, pocos conocen que en China, son símbolo de la felicidad y el provecho. 

Ahora, la leyenda se ha cobrado miles de víctimas, a través del micro organismo biológico vírico, al que han denominado Codiv-19, o Coronavirus. 

Volviendo a los vampiros, sabemos que son los únicos animales vertebrados capaces de volar. Disponen de una piel flexible y una membrana, llamada patagio, formada por dos capas de piel que recubren la capa central de tejidos inervados, y vasos sanguíneos. 

Tarde o temprano tenía que pasar, la costumbre de comer de todo, incluso mamíferos exóticos, sobre todo en el sur de China, hacía prever, que algunos virus, como ocurrió el pasado año, con el SARS-CoV-2, acabase siendo el causante del Coronavirus. Ya en 2003, una rama ya identificada del SARS, afectó a 8.098 personas, y se llevó la vida de otras 774, principalmente en China. 

Ahora ya estamos padeciendo la Pandemia, y todo parece indicar, que estamos al principio. Esta enfermedad infecciosa ya extensa en todo el mundo, a diezmado y confinado, a una gran parte de la población mundial. La mortalidad es muy significativa. 

 

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