LUZBE

Con la llegada del otoño, todo se vuelve más gris, menos nítido y menos ruidoso. Atrás quedó el bullicio del veraneo y las fantásticas fiestas de los pueblos y ciudades, que llenaban de júbilo y emociones nuevas, un pequeño mundo de sensaciones.

Pero como el final es inminente, debido al irremediable paso del tiempo en nuestras vidas. También lo es como cada año la llegada de la estación que sigue al verano.

Uno de esos días de otoño, fue el que destacó por encima, muy por encima, sobre el resto de los días precedentes y posteriores.

El reloj de la habitación, se escuchó lejano, casi como el pitido de un tren que avanza a su estación de destino. Iba saliendo, y emergiendo de la profundidad de un sueño claro como la vida misma. Uno más de los tantos que cada día tenemos y que no logramos encontrar un hilo conductor para explicarlo al día siguiente cuando nos despertamos. En el sueño, aparecían personas que ya habían muerto, pero que seguían atormentando con su presencia sobrenatural, o presa de mis subconsciente. La lejanía de las imágenes era difusa, pero les podía reconocer sin más, tan solo por el recuerdo de lo que una vez habían sido, y porque sin lugar a dudas habían formado parte de momentos de mi vida ya pasados.

Vi la luz, y sentí que estaba despierto, y que el reloj despertador seguía con su cháchara de siempre, tan odiosa y pegajosa, como una asquerosa babosa, que permanecía inmóvil, o moviéndose con parsimonia, por las blanquecinas sábanas de mi acomodada cama. Por la ventana pude comprobar sin más, que el día era gris y que seguramente amenazaba con lluvia, o al menos con niebla densa. Sentado sobre la cama, dispuesto a recorrer los escasos metros hasta la cafetera, recordé fugazmente el sueño, y si alguien pudiera verme en ese momento, seguramente estaría diciendo no con la cabeza inconscientemente.

Una vez que me había tomado el café de cafetera acompañado de una tostada con mantequilla, me puse los pantalones, los zapatos y la camisa, y salí de mi casa para dirigirme a hacer una saludable caminata matinal.

Al principio me sentía pesado, andaba y jadeaba a un tiempo, pero a medida que mis pasos aumentaban, y la distancia del camino se hacía más larga, empezaba a notar una estable mejoría, y a sentirme cada vez más agusto, respirando el aire puro de la mañana que solo se veía interrumpido por algún escape de algún viejo coche que estaba para que lo machacaran en un desguace por ser extremadamente contaminante.

A esa hora sólo algunas personas acompañadas por sus pequeñas mascotas, realizaban la imperiosa necesidad de acompañar a sus animalitos para que se sintieran realizados, olfateando la orina de otros congéneres, y cagando y meando, donde ellos creían conveniente. Siempre es de agradecer con que naturalidad y rapidez lo hacen, no como nosotros, que hay que llevar el periódico, o hacer pulsos en barra fija, para poder echar un cagarro de mierda, en una taza de water al uso.

El día no acompañaba mucho, la neblina, el poco viento y la sensación más realista de que el día estaba oscuro, quedó clarificado en mi mente.

Lo más angustioso era que cada vez parecía oscurecerse más el día. Podría pensarse que se avecinaba una tormenta, o que iba a caer una buena tromba de agua, de un momento a otro. Pero no. No era ese el problema de la angustia, sino la falta de luz que cada vez se hacía más patente.

La inquietud empezó a apoderarse de mi alma. Ya no podía distinguir a las personas. Me paré y observé con estupor que el día se había tornado de gris a gris muy oscuro, y pensé que se trataría de algún fenómeno atmosférico adverso. Claro ¿Qué iba a pensar, que se estaba acabando el mundo? Qué tontería.

Me fije en una mujer que paseaba sola, para ver qué actitud tenía con respecto a lo que estaba pasando ese día, y mis ojos se pusieron redondos como los de un Búho Nocturno, que hubiera sido deslumbrado por los putos faros de algún camión de esos que atraviesan las autopistas como demonios que lleva el viento. La señora no tocaba el suelo, estaba flotando como a medio metro por encima del suelo. No caminaba, no. Avanzaba movida por alguna fuerza sobrenatural. Como esas famosas películas de fantasmas con sábana o sin ella, que tanto nos hacían reír de pequeños, o llorar según quien.

La seguí para ver qué pasaba con ella, atraído por una espeluznante curiosidad, y un morbo que no se podría explicar muy bien, debido a la naturaleza de lo que estaba viendo.

Unos instantes después, ví que se acercaba a un grupo de personas que estaban, levitando de la misma forma que la mujer, y que formaban un círculo en torno a una piedra redonda a modo de obelisco. Yo ya no podía estar más impactado con la escena. Por mi cabeza, pasaron pensamientos de todo tipo. Alucinantes como poco. Ya que nunca jamás me habría esperado una situación ni remotamente parecida a la que estaba experimentando.

El día era ya muy oscuro, y al acercarme, noté un brillo especial que irradiaba de sus ojos, una luz purpúrea clara, escandalosamente sobrenatural. La mujer había llegado al círculo y se había unido al resto, uniendo sus manos a los de ellos. Fue entonces, cuando empezaron a girar, a levitar, en torno al centro del círculo.

No hay duda que como mínimo era algo mágico, que ni en las pelis de ficción podría haber visto con tanto realismo.

Pero eso no fue todo, se escuchó una voz dominante que resonaba enterrada pero fuerte. Era un galimatías de sonidos roncos y toscos, acompañados a un ritmo lento y densamente penoso.

LA ABOMINACIÓN

La voz cesó. Pero lo que no cesó fue la alucinación que estaba por venir. Del ano de la mujer salió circunvalándola, una abominable serpiente negra viscosa y sudorosa con unos grandes ojos amarillo-verdosos, con una pupila azul cielo brillante con puntitos negros. El agujero del culo de la mujer se abrió tanto que empezó a derramar, abundantes chorros de sangre, hasta que se desplomó sobre el suelo.

La abominación también levitaba, y fue situándose poco a poco en el centro del círculo, sin antes no haber fijado sus ojos en las personas que formaban el círculo. A cada uno le tocó su momento de gloria, en el sentido más tétrico de la palabra, puesto que a cada mirada fija, le seguía una movimiento de levitación hacia el suelo, hasta llegar a tocarlo con sus pies.

La abominación negra y viscosa estaba ya en el centro del círculo, y los que lo formaban habían posado sus pies en la tierra.

Mientras tanto yo estaba quieto, respirando casi imperceptiblemente, sin mover ni un solo pelo de la cabeza. Intenté moverme para acercarme, pero el miedo me lo impidió. Así que no me quedó más remedio que quedarme atónito como hasta ahora con la nefasta coreografía diabólica, por llamarla de alguna manera, que estaba contemplando estupefacto.

Si creéis que había visto poca asquerosidad, infierno de malditos, estáis todos equivocados. El grupo de personas se puso en cuclillas, bajo los pantalones, y comenzaron a cagar, con perdón de la expresión, huevos, sí señores. Huevos negros redondos del tamaño de una pelota de tenis. Bueno quizás un poco más grande, porque estaba bastante oscuro, y no podía calcular bien su tamaño.

Lo impresionantes es que no pusieron un huevo ni dos, sino 12 cada individuo, y además, en línea recta. La abominación entonces, apartó a esa masa humana de personas que ahora estaban deformes y ennegrecidas fuera del círculo, donde quedaron expuestos, como si se tratará de la obra de un artista perturbado, que hubiera arrojado unos envoltorios de piel humana en diferentes posturas, a cada cual más extraña y singular. La deformidad de los cuerpos había quedado patente, por la irregularidad de las simples siluetas que podía distinguir en ellos.

Los huevos eclosionan. Y así lo hicieron. Y de cada uno salió una enorme araña negra, con sólo dos ojos sí, dos ojos grandes para su tamaño, amarillos, y con una pupila azul con puntos negros.

Digo que eran arañas porque fue lo primero que me parecieron, pero fijándome mejor, más bien parecían otra cosa, una especie de seres extraños, una especie de mutación entre arañas y ratas. Diablos, para ser más exactos eran como abejorros gordos y negros, con el culo rojo y los ojos amarillos. Digo esto porque después volaban. Como bien dice el dicho, «Si los hijos de puta volaran». Pues bien, estos engendros volaban muy rápido, casi tan rápido, que era difícil seguirlos con la vista.

No aguanté ni un segundo más allí, y salí corriendo despavorido en dirección contraria. Intenté correr a toda velocidad, mientras los engendros se acercaban a una velocidad de vértigo. Sin embargo, empecé a notar como un poderoso imán hacía fuerza contra mí, y frenaba mi huida, cada vez con más intensidad.

Esa fuerza de imán sobrenatural, hizo que yo también me pusiera a levitar. Eso era fantástico, ahora podía volar. Pero no todo iban a ser alegrías, así que no podía levitar más de una cuarta del suelo. Vaya levitación de mierda pensé. Así que avanzaba como cuando avanza una plumilla que lleva el viento, mientras que los engendros lo hacían a la velocidad de piedras lanzadas con fuerza.

Como podéis imaginar, pronto sentí sus aguijonazos. Lo digo, porque resultaban parecidos al dolor, a la quemazón del maldito veneno de un insecto de esos peculiares cabrones, que alguna vez nos han picado. Sólo que esta vez la quemazón, parecía más bien producto de un hierro incandescente, al tocar la carne más lechosa y grasienta del mundo.

Sentí a uno a otro, a otro, a otro. Todos me inyectaban su dolor, y teniendo en cuenta el importante número de ellos, me quedaba sufrimiento para dar y tomar. Eso sí, en el culo no sentía nada, algo es algo. Ya que si me llegan a atacar al culo, y me hacen poner un huevo, la faena estaría ya completa.

Sin embargo el insoportable dolor iba aumentando hasta llegar al clímax del sufrimiento.

Desperté entonces en mi cama sobresaltado, y pude ver entonces que no era mi cama, sino una camilla quirúrgica de operaciones, en la que unos especímenes negros, con grandes ojos amarillos, con pupila azul, y con puntos negros, me miraban fijamente, mientras introducían en mi cuerpo infinidad de puntiagudas agujas, que metían y sacaban a su antojo, como quien prueba suerte, haber si sale sangre.

Fin.

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