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LA PELEA

El ímpetu de los ataques no daba tregua, las dentelladas salvajes sonaban huecas y húmedas, la sangre salpicaba a sus dueños, los cuales tenían los ojos como desorbitados, ante tan terrorífico espectáculo. Ninguno de los animales se acobardaba lo más mínimo, así que la pelea sangrienta no se detenía, y crecía el terror y el miedo de sus dueños, que iba en aumento hasta llegar a alcanzar el terror mental más extremo.

No sólo eran incapaces de detener tan sangriento y macabro espectáculo por el bien de sus propios animales, sino que sólo les faltaba cagarse en los pantalones, estaban totalmente inutilizados. Esta denigrante actuación humana fuera de control, no lograba ni siquiera llegar a sobrepasar el nivel del barro. Pena de hombres.

Mientras tanto, la salvaje pelea aumentaba de nivel. La rabia de los dos perros había sobrepasado los límites normales. De sus bocas salían burbujas de espuma roja sangrienta, de su nariz brotaban hilos de sangre que expulsaban en cada exhalación. Los ladridos se mezclaban con aullidos, alaridos, ruidos indescriptibles, hasta lo que parecían pedos, no se sabe sin producidos por los canes, o por aquellos hombres descompuestos que habían soltado hace tiempo ya la correa, y se mantenían a una distancia de unos tres metros de la sangrienta pelea.

Aquellos antes tan orgullosos caminantes, podrían pasar en ese momento tranquilamente, por sacos de boxeo colgados de un gancho. No se podían mover los cabrones, estaban paralizados desde el dedo gordo del pie, hasta la punta del cogote. Eran ahora observadores pasmados y alelados, que fijaban su atónita mirada en la abundante sangre que bañaba los encorvados lomos de los peligrosos animales, y olían sin remedios, además, la sangre que brotaba incesante y sin control de las heridas abiertas de los perros. En el perro blanco se distinguía perfectamente la humedecida sangre con claridad, y en su rival, el gran dogo negro, se apreciaba oscurecida y en abundancia. En los dos chorreaba una mezcla de saliva y sangre por el lomo y desde la boca. El suelo era ya bastante resbaladizo, por la mezcla de sudor, sangre, saliva y bilis. La pelea era encarnizada, los perros se levantaban, elevaban su parte delantera como púgiles despiadados. la rapidez de los ataques no tenía tregua ni descanso. Parecían hacerse un nudo, y fundirse en una sola bestia horrenda blanca y negruzca.. Solo pararía aquella sangrienta pelea la muerte o agonía de unos de las despiadadas y salvajes bestias.

Al calor y fulgor de todo esto algo sucedió ajeno a la voluntad de los animales. Quizás pudo ser  un ruido extraño, un sonido especial inaudible para los humanos, pero muy significativo y notorio en los perros, quizá la mierda que resbalaba ya abundante por la pernera de los pantalones de aquellos dos desgraciados hombres. No se sabe muy bien qué, pero algo extraño y desconocido sucedió al margen de la pelea.

Algo misterioso los detuvo durante un instante, algo que provocó en los perros un cambio de objetivo inesperado. Fue entonces cuando dirigieron sus dentelladas y ataques salvajes hacia los hombres. Pronto sonaron los alaridos de los hombres, a modo de coro diabólico. Nadie parecía estar al tanto de lo que sucedía en los alrededores. Quizás una coincidencia macabra, quizás que en ese momento algunos de ellos, estuvieran cenando con sus familias, o durmiendo tranquilamente en sus camas, ajenos por completo a los sonidos que se producían en aquella calle. Muchos estaban acostumbrados ya, incluso a peleas habituales entre pandas de descerebrados, y se lo tomaban con calma, y como si de un suceso habitual de cada día se tratara.

Mientras tanto, en la calle, aquellos desgraciados hombres, iban perdiendo sus constantes vitales a cada ataque. La vida se les escapaba sin remedio.

Los más destacable de todo, y curioso a la vez, es que cada perro atacaba sanguinariamente al dueño del otro, ¿curioso no?, bueno más bien no, El perro a pesar del salvajismo de algunos ataques aislados, siempre se ha mantenido fiel a su dueño. Doy fe de ello.  Los alaridos de aquellos dos hombres desdichados, continuaron produciéndose como un eco siniestro, a lo largo de toda la calle, pero ésta, permanecía aún completamente vacía para su mayor desgracia.

Lo que allí estaba aconteciendo, aquél terrible episodio violento, podría decirse que era algo infernal y no humano, una pelea provocada por la oscuridad diabólica de la calle, el espíritu famélico de los perros, y el penoso adiestramiento que sus amos habían propinado a sus respectivos perros. No era la clásica y común pelea de perros. Incluso no se parecía tampoco a una pelea ilegal de perros de razas consideradas peligrosas. Esta pelea tenía tintes diabólicos, quizás por el entorno que envolvía la atmósfera de una muy antigua calle de la antigua Catedral, o quizás algún punto concreto maldecido por alguna antigua hechicera o bruja maligna.

Aquellos sonidos que salían de las gargantas de las víctimas de aquellos animales enfurecidos y rabiosos, era indescriptible, y seguramente nadie podría soportar tan cruento espectáculo. Pronto cesaron los horrendos alaridos.

La sangre de aquellos dos hombres comenzó a fluir, a salpicar, a surtir en forma de chorros. Cuando acudió la gente al lugar de la matanza, los hombres ya habían fallecido hace tiempo. Lo que pudieron ver con claridad fueron los cadáveres, ensangrentados y deformados, una carnicería sangrienta, incluso había uno que tenía el ojo saltado, y colgando del nervio óptico. Los zapatos de los muertos estaban un tanto alejados de los muertos. Los dos estaban boca arriba, desfigurados sus rostros por completo.

Los cadáveres estaban rodeados de una viscosa masa de sangre y lo que parecían trozos de órganos internos. Los animales habían desaparecido, y no había ningún rastro de ellos sorprendentemente, excepto dos o tres huellas de sus patas, que se habían producido y  quedado marcadas por la sangre encharcada.

Así fue como terminó aquella aciaga noche, para esos dos individuos que paseaban envalentonados, y confiados en la protección fiel, de la compañía de tan eficaces y temibles protectores.

Fin.

La Pelea

 

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