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El Tren Maldito.PDF

Un tren maldito oscuro, recorría traqueteando en silencio, las grandes rutas oscuras de la noche más larga. Hacía algún tiempo, no sabía decir cuanto, pero mucho creo, que pernoctaba en aquel maldito tren negro, tan amargo como un viaje sin retorno. Y esa era la impresión que tenía, que era mi último viaje, para bien o para mal. 

Desde mi asiento, podía mirar hacia la ventana, pero la mayoría de las veces que lo hacía no podía ver nada. De pronto el tren hizo una parada, y me dispuse a levantarme, quizá con la intención de poder salir de allí. Sin embargo, esa maniobra no estaba permitida, porque las puertas automáticas no existían, lo que había en su lugar eran cortinas negras que oscilaban de un lado a otro, como en un encantamiento de oleaje. 

El tren negro seguía con su marcha hacia algún lugar desconocido para mí. Mientras deambulaba intentando buscar una salida, en otro instante de parada, vi una ventana abierta al exterior, y lo que ví no me gustó nada, entre en pánico. La gente de aquel lugar donde estaba brevemente parado el tren, se estaban despedazando. Quiero decir con esto, que se arrancaban los miembros con una fuerza atroz. Podía escuchar como era el crujido sordo de la rotura abrupta de los huesos, y también apreciar con incredulidad, como la sangre brotaba de aquellos miembros desgarrados. 

En medio de aquella descomunal carnicería, donde los gritos eran un coro infernal, yacían cuerpos descuartizados y amontonados al fondo, como si una montaña escultural de cabezas cortadas, vísceras ensangrentadas, corazones arrancados, ojos, partes corporales sin algunos de sus miembros, tuviera algún propósito, como el de poder tenerlos a todos juntos en el mismo lugar, para quien sabe, cualquier propósito oscuro. 

El tren había abierto puertas exteriores, y el clamor de los desgarradores alaridos, fue aumentando, hasta dejarme sin aliento. Mi angustia era tal, que el horror que contemplaba llenaba mi alma de un miedo permanente. Salían del tren la gente, y corrían, huían de dónde se estaba produciendo la batalla de terror y de miembros desmembrados. Todo lo que hacían era inútil para salvar sus vidas. Correr, gritar, hacer frente a aquellos agresores no tenía ninguna solución. Los que allí estaban eran más fuertes, más despiadados, más expertos, más salvajes, y seguramente, por el tiempo que llevaban allí, algo dentro les daba poder. Llamaba la atención que vistieran de blanco, en aquella negra noche de terror. 

El tren arrancó de nuevo y cogió con rapidez la velocidad de marcha constante que llevaba. Había dejado atrás aquel horror, pero algo en mi interior me decía que aquello no había terminado. Y así era, el tren hizo otra parada, después de un largo tiempo de trayecto, no sabría decir cuánto de largo, pero al estar tan compungido y aterrado, todo se hacía largo en aquel maldito tren. Ahora desde la única transparencia ventanal donde se podía hacer una fotografía del exterior, se veía una explanada ardiendo con fuerza, el sonido característico de la combustión, se oía con fuerza sobrenatural, con un sonido extra-elevado, que hacía que mis sentidos se vieran estremecidos. Mis piernas temblaban con debilidad, y mis brazos se apoyaban contra el marco de aquella fatal ventana, con gran fragilidad. Mi fuerza, mi valor y mi esperanza eran consumidas por la contemplación de aquel fuego horrendo que reinaba en aquel lugar. 

Lo más inquietante es qué pasaría ahora. El tren no se movía, permanecía parado, frenado quizás por aquel incesante fuego, pero las pesadillas a veces superan a las propias pesadillas, y el fuego cambio de su color característico, a un color blanquecino. Fue entonces, cuando aparecieron entre aquellas llamas algunos rostros desencajados de gente, con expresiones horrendas de dolor, y consumidos por algún poder que les sometía. Se pedían ayuda los unos a los otros, en tumultuosa manifestación de dolor. Lloraban sin cesar y con desgarro y dolor. Me emocioné de tal modo, que yo también rompí a llorar con gran tristeza. En ese momento el tren volvió de nuevo a abrir puertas, y nuevamente la gente salió de él. Así, mirando hacia atrás se despedían, de lo que hasta ahora había sido un refugio maldito, pero al fin y al cabo un refugio, pues una vez fuera del tren, la situación era extremadamente mucho más inquietante, por no decir infernal. 

El tren arrancó de nuevo, pero no sin antes recibir el impacto de algunos cuerpos, de la gente que acababa de salir de él, que intentaban aferrarse como fuera, para no quedarse en aquel lugar de crematorio humano, y para poder evitar aquella tortura infinita, e indeseable. Lo que hacían era inútil, puesto que nada más hacer contacto con el tren, algún sistema de cuchillas los cortaba en pedazos, quedando de ellos solo unos restos irreconocibles. Pensaba en mi interior, que no cabía ya más horror en aquel tren y en aquel viaje maldito. Pero me equivocaba. 

El tren seguía su recorrido nocturno, el interior de los vagones también era oscuro, y por supuesto no podía ver a nadie allí. Siguió, y siguió su trayecto, durante el cual el tren era atacado desde afuera por fuerzas cada vez más sobrehumanas, primero eran hombres con armamento pesado, disparando hacia el tren, con estruendo ensordecedor, todo tipo de artefactos y bombas incendiarias, pero el tren seguía impoluto. El trayecto del tren maldito seguía y seguía, y yo desgraciadamente dentro de él, veía cada vez cosas más atroces. El tren volvería a ser atacado por, esta vez, gigantescas monstruosidades, aberrantes y malignas, que intentaban parar el tren a toda costa, pero sin éxito. El tren maldito cumplía su función sin piedad. Cada vez que algún ser se acercaba los suficiente para tocar el tren, saltaban en pedazos, envueltos en una mezcla de sangre, tripas y tendones. 

El tren volvió a hacer otra parada, y esta vez una puerta se abrió para mí. Baje dos escalones, y pise tierra firme con alivio. Di la vuelta y ví lo que hasta ahora había sido toda mi vida, un tren gigantesco por su altura, y sus extraordinarias dimensiones, un tren negro por fuera, y iluminado con luz blanca por dentro. Con todo, era un tren horrible. Aparté la vista rápidamente, quería olvidarme de aquel tren y de lo que había visto a través de él. Comencé a alejarme, cuando el tren avanzó en su marcha, vi como pasaban los malditos vagones, cuando algo me distrajo, eran unos monstruos grotescos que venían siguiendo al tren, eran cientos, todos sedientos de venganza y de sangre, y entre sus descomunales bocas, traían miembros humanos, que devoraban con gran ferocidad. Bueno contra aquello, nada podía hacer, así que mi muerte era inminente. En ese mismo instante deseaba volver, otra vez, a subir al tren maldito. 

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