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El Barco Fantasma

La niebla cubría la bahía como un sudario. Los pescadores del puerto aseguraban que, en noches sin luna, una silueta inmensa emergía del horizonte: un barco que nadie había visto zarpar, ni atracar, ni cargar mercancía alguna.

Era un navío de madera ennegrecida, con velas desgarradas que ondeaban sin viento. No llevaba tripulación visible, pero en su cubierta se escuchaban pasos, cadenas arrastradas y voces apagadas que parecían provenir de otro tiempo.

El Capitán

El capitán del puerto, hombre escéptico, decidió enfrentarse al mito. Una noche de diciembre, subió a una lancha y se internó en la bruma. El barco apareció frente a él, majestuosos y silencioso. Al acercarse, notó que las tablas estaban húmedas como si lloraran, y que las cuerdas se movían solas, como serpientes vivas.

Subió a bordo. El silencio era absoluto, salvo por un murmullo que parecía repetirse en cada rincón: "Nunca llegamos... nunca llegamos...". En la bodega halló cofres abiertos, llenos de cartas de navegación que terminaban siempre en el mismo punto: un puerto inexistente, marcado con tinta roja.

-No habéis venido a buscar respuestas, sino a abrir puerta que nunca debieron cerrarse.

De pronto, las campanas del barco sonaron solas. El capitán corrió hacia la cubierta, pero ya no había mar alrededor: solo un vacío negro, infinito, como si el barco navegara en la nada.

Al amanecer, la lancha apareció sola en el puerto. El capitán nunca regresó. Desde entonces, los marineros dicen que su voz se ha unido al coro espectral del barco fantasma, repitiendo sin descanso: "Nunca llegamos...".

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