LA PELEA

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LA PELEA

 

Todo sucedió un día del verano de 1998, era pleno mes de agosto y el calor apretaba con fuerza. Los veraneantes paseaban sofocados y muchos portaban pequeñas botellas de plástico con agua fresca.

Había caído la noche y la gente desaparecía paulatinamente de las calles, antes atestadas y ruidosas. El silencio predominaba ya, y a pesar de ser ya más de las doce de la noche, el calor no había aflojado casi nada.

La luna llena iluminaba las calles estrechas y empedradas de la zona antigua de la ciudad. Sobre ellas, paseaban dos personas que llevaban a sus grandes perros, para realizar los acostumbrados recorridos nocturnos, lo que permitía a los animales el ejercicio de sus habituales rutinas diarias.

Sin embargo, esa aciaga noche sucedió algo que les marcaría su destino para siempre.

Ajenos a todo peligro y con evidente despreocupación, continuaban con su habitual paseo, cada uno con sus respectivos animales.

Uno de ellos sujetaba una correa gruesa de cuero, corta y bastante lujosa, que se enganchaba al collar de un perro blanco de enorme tamaño, con un pelambrera lisa que lucía impoluta, y que la luna llena iluminaba produciendo un extraño reflejo azulado.

Caminaba el animal en línea recta y a paso acompasado con el de su dueño, el animal andaba concentrado en su acompasado trote habitual. No se distraía con casi nada, y parecía poseído por algún misterioso y escondido objetivo que solo los perros pueden sentir.

 

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